Bienvenida la Asamblea Nacional Representativa de la CNTE que sesiona por primera vez en Yucatán
Una organización que ha defendido una educación que no humilla ni excluye, que reconoce a niñas, niños y jóvenes como sujetos históricos, atravesados por contextos de desigualdad, pero también por saberes, culturas y resistencias
CNTE: memoria viva y conciencia despierta.
Por: Noé Rolando Ramírez Buenfil.
Decir que la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación el pasado 17 de diciembre haya cumplido un año más de existencia, no es un dato menor ni una simple referencia cronológica. Nombrar a la CNTE, es evocar una historia de lucha, organización y dignidad que se ha construido desde abajo, en confrontación permanente con el autoritarismo sindical, el despojo de derechos laborales y la mercantilización de la educación pública. No se trata de una efeméride vacía, sino de un ejercicio necesario de memoria crítica frente a un sistema que insiste en el olvido y la desmovilización.
Hablar de memoria, en el caso de la CNTE, implica también hablar de resistencia. De huelgas reprimidas, de ceses injustificados, de campañas de estigmatización mediática y de intentos sistemáticos por desarticular al magisterio democrático. Sin embargo, también implica hablar de organización persistente, de solidaridad entre trabajadores y de una convicción que ha sabido sostenerse frente al desgaste y la represión.
La CNTE no surge por inercia, ni por protocolo, ni como una tradición institucionalizada. Surge para interpelar a la sociedad mexicana, para incomodar al poder y para recordarle al magisterio que existen momentos históricos que no pueden pasar sin reflexión, sin palabra organizada y sin conciencia colectiva. Su nacimiento responde a una ruptura consciente con el silencio, con la obediencia impuesta y con la subordinación sindical que durante décadas negó al magisterio su carácter de clase trabajadora.
Esa ruptura no fue espontánea ni aislada. Fue el resultado de condiciones materiales concretas: bajos salarios, control corporativo del sindicato, falta de democracia interna y una política educativa que colocaba al docente como ejecutor acrítico de decisiones ajenas a la realidad escolar. En ese escenario, organizarse fue una necesidad histórica, no una consigna coyuntural.
En 1979, en un contexto marcado por el control corporativo del sindicalismo, la represión política y la simulación democrática, un sector del magisterio decidió asumirse como sujeto político. Ese acto, profundamente ético y colectivo, transformó la historia de la educación pública en México. La CNTE emergió como expresión de inconformidad organizada frente a un modelo educativo que comenzaba a vaciarse de contenido social y a subordinarse a los intereses del Estado y del capital. Desde entonces, abrió la posibilidad de una escuela distinta: una escuela que no formara obediencia, sino conciencia; que no reprodujera desigualdades, sino que las cuestionara.
Asumirse como sujeto político significó también comprender que la lucha magisterial no podía limitarse a lo gremial. La defensa del salario, de la estabilidad laboral y de los derechos adquiridos se vinculó, desde el origen, con la defensa de la educación pública y con las luchas más amplias del pueblo trabajador.
La Coordinadora se consolidó como un referente nacional porque colocó en el centro una idea fundamental: la educación no es neutral. Educar no es aplicar políticas dictadas desde escritorios lejanos ni cumplir metas administrativas; educar es formar sujetos críticos, capaces de comprender su realidad y transformarla. Frente a la lógica tecnocrática que reduce la escuela a cifras, indicadores y evaluaciones estandarizadas, la CNTE ha defendido el carácter humano, social y emancipador de la educación pública.
Este posicionamiento ha significado confrontar reformas educativas que, con distintos nombres y discursos, han buscado responsabilizar al docente de problemas estructurales, invisibilizar las condiciones de pobreza de millones de estudiantes y someter la práctica educativa a lógicas empresariales ajenas al interés social.
Ese posicionamiento no pertenece al pasado. Por el contrario, cobra vigencia en un contexto donde persisten la precarización laboral docente, la sobrecarga administrativa, la simulación de reformas “progresistas” y la continuidad de políticas que colocan al magisterio bajo sospecha permanente. La CNTE ha sido incómoda precisamente porque se niega a aceptar la falsa neutralidad educativa y porque sostiene que enseñar implica, inevitablemente, tomar postura frente a la injusticia.
En un país profundamente desigual, donde la escuela pública sigue siendo el principal espacio de acceso al conocimiento para los sectores populares, la postura de la CNTE adquiere un carácter estratégico. Defender la educación pública es, al mismo tiempo, defender el derecho del pueblo a comprender su realidad y a transformarla.
La fuerza de la CNTE no reside únicamente en sus movilizaciones nacionales o en sus resoluciones políticas. Vive en lo cotidiano. Vive en cada aula donde un docente decide no reproducir la lógica de la obediencia, aun en condiciones adversas. Vive cuando la práctica pedagógica se convierte en espacio de diálogo y no de imposición; cuando el conocimiento se vincula con la realidad comunitaria; cuando la escuela deja de ser un aparato de domesticación y se transforma en un territorio de pensamiento crítico.
Esa fuerza cotidiana explica por qué, a pesar de los intentos de desgaste, la Coordinadora se mantiene vigente. No como una estructura burocrática, sino como una red viva de docentes que entienden la educación como una práctica social y política.
Los docentes con conciencia de clase reconocen en la CNTE una trinchera de dignidad. Una organización que ha defendido una educación que no humilla ni excluye, que reconoce a niñas, niños y jóvenes como sujetos históricos, atravesados por contextos de desigualdad, pero también por saberes, culturas y resistencias. En ese sentido, la Coordinadora ha sostenido una pedagogía profundamente política, aun cuando el discurso oficial intente negarlo.
Que la Asamblea Nacional Representativa de la CNTE se realice en Yucatán por primera vez (31 de enero de 2026) adquiere un significado político particular. No sólo por el carácter resolutivo de este espacio organizativo, sino porque reafirma que la lucha magisterial es nacional, diversa y profundamente enraizada en los territorios. Desde el sureste del país, desde la organización de la CETEY, se envía un mensaje claro: la defensa de la educación pública, crítica y popular no reconoce periferias ni márgenes.
La realización de esta Asamblea en territorio yucateco también interpela a las comunidades educativas locales y convoca a fortalecer la organización desde abajo, en un contexto regional atravesado por profundas transformaciones económicas y sociales.
En una entidad marcada por profundas desigualdades sociales, por el avance del modelo turístico depredador y por la precarización de amplios sectores laborales, la presencia de la CNTE representa una apuesta por la organización consciente y por la articulación de las luchas educativas con las luchas del pueblo. La Asamblea no es un trámite interno; es un espacio donde se sintetiza la experiencia acumulada, se evalúan las condiciones actuales y se proyecta el rumbo de la resistencia magisterial frente a los desafíos que persisten.
Cada aniversario de la CNTE debe asumirse como una reafirmación política. No como nostalgia, sino como responsabilidad histórica. La Coordinadora no es sólo memoria; es presencia viva, es organización en movimiento y es compromiso colectivo frente a un sistema que insiste en convertir la educación en mercancía y al magisterio en fuerza laboral dócil.
Mientras existan maestras y maestros que eduquen con dignidad, mientras la palabra siga siendo herramienta de conciencia, mientras la escuela continúe siendo espacio de pensamiento crítico y organización, la CNTE seguirá siendo una referencia indispensable de lucha y coherencia.
No por costumbre. No por consigna vacía. Sino por convicción de clase y lealtad histórica con el pueblo.
Artículo que aparece en el periódico La Verdad del Pueblo número. 55, enero 2026, y se publica con permiso de sus editores.