La explotación del trabajo doméstico
Utilizando herramientas de la Economía Política desmenuza esa doble y hasta triple explotación del trabajo femenino
La explotación del trabajo doméstico
Todas las mujeres capaces y en edad de trabajar, pueden y deben ocupar un puesto en el frente laboral, bajo el principio de a igual trabajo corresponde igual salario.
Históricamente sobre las mujeres ha recaído la reproducción de la fuerza de trabajo de los asalariados de la familia, ese es uno de los argumentos que los estudios asocien a la mujer con el trabajo y la pobreza. Si trabajan en quehaceres domésticos en su hogar, son las más vulnerables ya que su jornada se extiende a más de 10 horas diarias, todos los días del año. Si trabajan como asalariadas, perciben en términos generales un menor salario que los varones, esto se puede ver tanto en los tres sectores productivos (primario, secundario y terciario). La situación es menos frecuente cuando las mujeres desempeñan empleos profesionales, pero también ahí, los datos apuntan a que cargan más que los hombres con el peso del trabajo doméstico.
La familia, es una de las primeras formas de la reproducción de las relaciones sociales de desigualdad una vez que aparece la lucha de clases. Es la unidad familiar una vez constituida, un instrumento que utiliza el sistema de dominación, al igual que otros elementos de la superestructura como la iglesia como institución y la escuela como reproductora de la ideología dominante.
El trabajo de tipo doméstico, no abarca el concepto de población económicamente activa (PEA), en la que se ubican las personas que contribuyen en el país directamente en el proceso de Producción Social.
Las trabajadoras domésticas, más bien dicho, las amas de casa, así nombradas, son un engranaje para el desarrollo del proletariado, es decir, son proletarias sin sueldo.
La explotación de este sector, tiene importancia no sólo porque están en todos los hogares de los trabajadores, sino porque es menester que se abran nuevos frentes de lucha, sin que eso signifique segregar la lucha del proletariado, sino al contrario, para que se complemente y fortalezca.
Es un mandato que las organizaciones demuestren en la práctica su compromiso de clase y pulvericen las concepciones erróneas del papel de la mujer; que rebasen concepciones sexistas e ideológicas, para alcanzar la lucha contra el capital que es en esencia una lucha política, por la construcción de una sociedad superior a la capitalista.
No es un ejercicio ocioso, el construir categorías para el análisis de esta problemática, o al menos, necesitamos tener claridad sobre los conceptos que se asumen del trabajo doméstico.
En núcleo de la familia proletaria, el obrero para la reproducción de su fuerza de trabajo, aplica energía y capacidad intelectual. Esta fuerza de trabajo convertida en mercancía, se desgasta al desarrollar el proceso de trabajo capitalista, y tiene efectivamente, la necesidad de reponerse y reproducirse, para ello el proletario requiere cubrir sus necesidades básicas de alimentos, descanso, atención a la salud, recreación, vivienda, entre otras.
Existe un criterio que señala que aunque el trabajo doméstico no se realiza en la fábrica, no es parte del proceso directo de producción de mercancías, ayuda a reproducir la fuerza de trabajo que en esencia es una mercancía que sirve para producir mercancías y que en ello, radica la clave de la explotación.
Y continúan señalando, que a diferencia del trabajo asalariado, el producto del trabajo doméstico es “invisible”. Entonces, sostienen que el ama de casa produce una mercancía peculiar: el trabajador con su fuerza de trabajo (como si en ese momento fuera mercancía).
Lo señalado en los dos párrafos anteriores, sostienen una tesis errónea.
Primero.- En el momento de reposición de la fuerza de trabajo, ésta no se encuentra a la venta, por tanto, no es mercancía. Tampoco la unidad doméstica es una fábrica para producirla.
Segundo.- La fuerza de trabajo y no el trabajador, se convierte en mercancía sólo en el momento en que el obrero la vende en el mercado capitalista, no antes.
El trabajador no se vende entero, de una vez y para siempre, de ahí la diferencia con el esclavo.
Ello significa, que las actividades y procesos de mantenimiento y reproducción de la fuerza de trabajo, se desarrollan al margen de la producción capitalista.
El patrón paga un salario, valor de la fuerza de trabajo del obrero, con ello el trabajador realiza funciones de tipo fisiológico y biológico dentro de la unidad doméstica, proceso vital para su sobrevivencia, pero esas funciones, no tienen como fin, producir una mercancía, sino más bien, son la única forma de sobrevivir.
Es fundamental considerar que el trabajo doméstico, no produce mercancía fuerza de trabajo, sino una serie de bienes y servicios para consumo particular. Estos bienes y servicios, tienen más que valor de cambio, un valor de uso --solamente, dentro de la unidad doméstica.
El trabajo doméstico, no produce mercancía que tenga como fin el mercado, más bien el consumo privado, se trata de la subsistencia en la familia y no de la comercialización de sus productos.
En otras palabras, aseguramos que el trabajo doméstico, la relación trabajo asalariado-capital, no cobra existencia. Es trabajo realizado por la mujer, se encuentra al margen de la producción social, también se puede afirmar que en las funciones del ama de casa, el capitalismo ha sabido recrear, perpetuar y aprovechar en su propio beneficio.
De esta forma, por una parte el proceso de trabajo doméstico, no es un proceso de tipo capitalista. Por la otra, la producción no se convierte en mercancía.
La clave de la explotación doméstica radica en que el capitalismo ha sabido subordinar, producir y reproducir procesos de trabajo no capitalistas, que justamente por no serlo, le permiten obtener más ganancias.
Dentro de la unidad doméstica, el trabajo realizado adquiere un valor de uso, pero fuera de la unidad adquiere un valor de cambio, potencialmente comerciable. Esto es, que el obrero en vez de recibir sus alimentos del hogar, los recibirá en un restaurante, en vez de que la ropa se arregle en casa, este trabajo se hiciera en una lavandería y tendría que pagar a precios del mercado esos bienes y servicios.
La familia obrera no adquiere estos productos para el consumo final, sino que adquiere los productos en el mercado, es decir, solamente la materia prima para su producción, pero es necesario un trabajo para que los productos sean aptos para el consumo y permitan la reproducción de la familia obrera.
El capital, en lugar de pagar por esos servicios salarios más altos (que producirían sus ganancias), prefiere descansar en el trabajo doméstico que la mujer, por lo general, realiza en el hogar.
Es así como el salario del obrero, no contempla el precio de la comida preparada, ropa lavada, aseo de la casa, cuidado de los hijos, más bien, incluye los alimentos crudos, sin utensilios, sin espacio para alimentarse, etc. El capital se ahorra de pagar al obrero el precio por los bienes y servicios recibidos en el hogar.
El trabajador no exige al patrón un salario que le permita adquirir productos para el consumo final, sino que complementarán con el trabajo doméstico que no cobra salario por sus bienes y servicios, pero que sí representa un aporte físico y mental.
El salario del obrero, debería de ser igual a la suma de los precios de los bienes y servicios finales para su mejor producción, contemplar para pagarle al obrero el precio de elaboración de comida, el precio de planchado, lavado, aseo, etc.
El capitalista, no le paga al obrero por su salario un precio que le permita adquirir en el mercado los productos listos para su consumo.
La diferencia entre lo que es el salario y lo que debería ser, se iguala a la suma de ganancias que corresponderían al precio de los bienes y servicios, si estos fueran comprados en una empresa capitalista.
Desde el punto de vista del capital, el que funcione (exista) la unidad doméstica, permite la reproducción de salarios de trabajadores, por lo tanto, modifica la relación entre el trabajo necesario y el trabajo excedente (sobrado), aumentando las ganancias capitalistas.
Para el capitalista, es mejor el trabajo de las amas de casa, que el pagarle al obrero para su reproducción un salario capaz de adquirir los productos elaborados en el mercado.
El trabajo doméstico nivela el precario salario del obrero que le paga el capitalista, permitiéndole ajustarse permanentemente.
La mujer en el sistema capitalista, es subvalorada social e individualmente, y a menudo, existe confusión de que las amas de casa “no trabajan”, cuando en realidad no perciben un ingreso como salario.
El vivir como un ciudadano de segunda clase, es consecuencia de factores económicos y sociales. El hecho de dedicarse solamente a su hogar, a la mujer la aísla de una participación política.
El contacto reducido la obliga a desenvolverse tan mecánicamente, por estar subordinada al hombre, que termina por convertirse en uno de los seres más enajenados por los distintos aparatos ideológicos, tales obstáculos dificultan su conciencia social y organizativa dentro de la participación colectiva de la lucha.
Ante esta situación, es constante el reclamo de la mujer por obtener igualdad de derechos sociales, jurídicos, salariales y de participación en el mercado de trabajo, remarcando en estas demandas una posición política que también tendremos que analizar.
En lo fundamental, las mujeres proponen el compartir con el hombre la libertad de trabajo asalariado y repartir entre ambos el trabajo de tipo doméstico. Esto ayuda a la mujer a aliviar un poco su esclavitud doméstica, pero ahora los dos, hombre y mujer, son doblemente explotados.
Como se aprecia, no queda resuelto de manera alguna el problema de la explotación doméstica, independientemente de quien lo haga, queda intacta la explotación del trabajo.
Es un derecho legítimo de la mujer el exigir igualdad de derechos y de condiciones en el mercado de trabajo. Pero esta lucha, no puede concluir solamente en igualar esas condiciones porque entonces quedarían intactos los intereses del capital.
La mujer ama de casa, debe darse cuenta que su trabajo por servicios y bienes no se le paga y, a menor salario del obrero, más bajo el nivel de vida de su familia.
Las mujeres que luchan y las que aún no se integran, deben reescribir su historia, y defender sus derechos económicos y políticos inmediatos, sin olvidar que su lucha es también fundamentalmente contra las estructuras capitalistas.
Se debe facilitar a la mujer el desempeño de su labor política: colaborando en las tareas domésticas, orientándolas en su lucha por mejores condiciones de vida y si se integran al proceso de producción social, que conlleven tarde o temprano el enfrentamiento con el Estado y sus instituciones.
Dialécticamente existen a favor de activar su combatividad, las condiciones desventajosas en que viven con respecto al hombre.
La explotación capitalista del obrero afecta a toda ama de casa, por ello es necesaria su participación al lado de su compañero, y, tendrá sin duda que trascender a tareas de discusión y decisión.
Ir a la par que los hombres en el trabajo sindical, participar en la propia problemática en las colonias, barrios, etc., por la mejora de servicios, transporte, contra el alza de los precios, en la solidaridad a los hermanos de clase, son estos frentes donde la mujer podrá contribuir para la construcción de un sistema de distribución democrático de bienes de producción.