Testimonio del 10 de junio de 1971
Discutimos con indignación, con coraje, algunos con llanto. En esa reunión prevaleció la idea de que lo que había sucedido, era la demostración palpable de que se continuaba en la misma línea de la represión como el 2 de octubre. El único acuerdo de esa noche fue “pasar todos a la clandestinidad, porque la vía de lucha es la autodefensa armada”.
10 de junio de 1971[1]
Mario Ramírez Salas
En la antigua escuela de Economía de la UNAM había ya para 1970 una discusión intensa y encubierta sobre la necesidad de “ir a la lucha armada”. Para 1971 a las antiguas organizaciones estudiantiles se agregaban unas de nueva creación: las que discutían la conveniencia o no de la lucha armada. Había una convivencia entre organizaciones estudiantiles diversas: Pro armadas, los Comunistas, los de Avándaro y los de la Apertura Democrática.
Llegó desde principios de ese año una Comisión de Estudiantes de Nuevo León a platicarnos de su lucha por una reforma universitaria y la oposición a ella del Gobernador Elizondo. Eran compañeros de la JMC con los cuales el profesor de la Escuela Raúl Ramos Zavala tenía relación directa por haber dirigido él esa organización y haberse bien ganada su fama de líder, en las luchas populares y estudiantiles de Nuevo León. Así es que esta lucha fue conocida por todos los estudiantes de Economía. Los pro-armados la apoyamos inmediatamente. Un sector de la JCM de la escuela encabezada por Joel Ortega, también. Coincidimos aunque ya nos habíamos separado recientemente de esa organización en diciembre de 1970. Otros compañeros no la apoyaron, sobre todo cuando se planteo salir a la calle. Sin embargo, unos días antes, ganamos por votación la discusión y la decisión de salir a una marcha en la asamblea realizada en el auditorio de esta escuela.
El grupo de Raúl Ramos se reunió previamente para acordar ir, probablemente preveíamos que algo podía suceder, pues ya no era nuestra costumbre juntarnos todos. Pero ese día sí. Así es que nos preparamos para asistir acordando concentrarnos en un punto cercano a San Cosme y llegar juntos a la marcha. Recuerdo a Bonfilio Cervantes, Raúl Ramos, Jorge Sánchez Hirales y algunos más. En nuestra caminata a pie hasta San Cosme por Puente de Alvarado, vimos llegar a los autobuses con jóvenes vestidos de negro, vimos que descargaban los palos largos llamados kendos, vimos mucha policía y granaderos formados en las bocacalles.
Llegamos a la esquina de San Cosme y Av. de los Maestros y nos formamos en el frente. La marcha se inicia y doblamos en San Cosme hacia el centro de la ciudad. No habíamos caminado una cuadra cuando los de negro se dejan venir y en el frente nos agarramos a golpes y patadas con ellos, pues nos quieren impedir avanzar. La gente se enardece y los rechaza pero logran dispersarnos momentáneamente. Entonces gritamos ¡júntense, júntense! Y nos reagrupamos, tratamos de avanzar y los de negro se dejan venir nuevamente ahora con los kendos, resistimos poco y nos dispersan en el frente nuevamente. Tratamos de agruparnos y empiezan los disparos y estos no pararan durante un tiempo que nos pareció interminable…
Sin perder de vista a nuestros compañeros, nosotros nos replegamos hacia la acera izquierda en la dirección de la marcha, doblamos en la primera esquina y encontramos un zaguán abierto de un edificio de dos o tres niveles cuyas escaleras estaban ya ocupadas por estudiantes, sobre todo mujeres. Subimos y nos tiramos pecho tierra sobre su azotea y desde ahí observamos todo. En medio de la avenida San Cosme un obrero ebrio esta hincado frente a un Halcón, mentándole la madre en su inconsciencia y el halcón dispara a boca de jarro. No resisto ver y dejo la azotea, bajo poco a poco las escaleras y las estudiantes que están ahí, viven una crisis de llanto. Desciendo hasta la calle y desde el quicio del zaguán veo a los granaderos formados en posición de descanso, unos están serios y rígidos y otros platican y a veces sonríen como si contaran chistes, mientras resuenan los balazos intermitentes y a veces de ráfaga en nuestros oídos.
Están formados cerca de 100 granaderos en esa calle de Sor Juana Inés de la Cruz y están ahí, como si esperarán incorporarse a un desfile de 20 de noviembre. La balacera esta en su apogeo y ellos siguen en la misma posición, unos rígidos y otros platicando. Debió haber pasado mas de una hora, me quedo en la puerta de ese edificio tratando de consolar a las compañeras que no paran en su llanto. Por fin bajan mis compañeros y caminamos sigilosamente saliendo de la bolsa de la muerte hacia el centro de la ciudad, siempre juntos, pero ahora callados, sin hablar, sin mencionar nada.
No sé dónde pasó tanto tiempo, son cerca de las 10 de la noche estamos reunidos en una casa de los cristianos, nuestros amigos del Tec de Monterrey en la Calle Vía Láctea, por el rumbo de las antiguas instalaciones de la Ibero que se cayeron en el sismo del 85. Ahora somos más de 15 compañeros, recuerdo a José Luis Sierra, Nacho Salas Obregón. Discutimos con indignación, con coraje, algunos con llanto; preguntamos por todos, si están bien, si no hay heridos de nuestros compañeros. En esa reunión prevaleció la idea de que lo que había sucedido, era la demostración palpable de que se continuaba en la misma línea de la represión como el 2 de octubre. El único acuerdo de esa noche fue “pasar todos a la clandestinidad, porque la vía de lucha es la autodefensa armada”.
10 de junio de 2002.
[1] Leída en el evento realizado en el Centro Cultural San Ángel, DF; el 10 de junio de 2002, con motivo de la presentación del libro “Los papeles secretos del 10 de junio de 1971”.
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