Chayoteros 2.0: Las “benditas redes sociales” al servicio del poder
Estos paladines informativos se dicen críticos, pero no tocan al gobierno ni con el pétalo de una rosa. Se dicen de izquierda, pero atacan rabiosamente, por igual, a la CNTE, al EZLN o a cualquier movimiento social que se muestre contrario al régimen.
Los medios masivos de comunicación que por décadas mintieron, manipularon y vivieron a la sombra del poder, hoy se indignan ante el debate sobre los derechos de las audiencias, acusando una posible censura. ¡Ironías de la vida! Nadie llorará por el destino de esos embusteros pero: ¿la normativa también aplicará para las “benditas redes sociales” del régimen y su nuevo ejército de Chayoteros al servicio del poder?
En 1982, mientras acompañaba la gira del candidato oficialista a la presidencia de la república, Emilio Azcárraga Milmo, heredero de Telesistema Mexicano y fundador de Televisa, sintetizó magistralmente el papel político de los medios de comunicación en México: “somos soldados del PRI y del presidente”. 44 años después, las siglas cambiaron, las formas también, ¡hasta el género en la presidencia! Pero el periodismo servil al gobierno en turno, no, ese se mantiene vigente, en su versión guinda 2.0.
A nadie debiera asombrar que los grandes corporativos de comunicación sirvan por igual al poder económico –del que forman parte– que al poder político o al gobierno en turno, siempre y cuando éste, como buen administrador de la burguesía, preserve a cambio sus intereses de clase. Esta natural correlación entre élites empresariales, consorcios mediáticos y gobiernos, implica forzosamente un sesgo en los contenidos que los medios emiten puesto que, como en cualquier otro negocio, la prioridad es la generación de ganancias, no el informar, educar o incluso entretener a la audiencia.
En el terreno periodístico, la fórmula es exactamente la misma. Bajo el interés de obtener ganancias mayores o “quedar bien” con grupos de poder, medios y periodistas desarrollan contenidos informativos “a la carta”, es decir, bajo consigna, ofreciendo para ello desde su pluma mercenaria hasta grotescas entrevistas a modo o espacios de promoción disfrazados de informativos. Todo es válido para recibir el embute o, como se le dice en México, chayote –término acuñado durante el gobierno de Díaz Ordaz–, que refiere al soborno gubernamental para redactar información a modo.
Con la llegada de López Obrador a la presidencia de la república en 2018, las pugnas interburguesas entre los sectores empresariales que decidieron “redimirse”, apoyando a la 4T, y los que decidieron mantener su abierta hostilidad al nuevo régimen, generaron también un choque mediático, dejando dos bandos claramente definidos: los que se volvieron sumisamente benignos con el gobierno morenista y los que se mostraron visceralmente críticos con todo lo que implicara Cuarta Transformación.
Al margen de esta confrontación interempresarial reflejada en los medios comerciales, un nuevo factor mediático emergió: las “benditas redes sociales” –como les llamó el propio López Obrador–, es decir, sujetos o colectivos que, mediante plataformas virtuales como X, Facebook, Instagram, YouTube o TikTok emiten contenidos informativos o análisis de carácter político en pro o en contra de ciertas posiciones.
Promocionados por el régimen como la quintaesencia del periodismo veraz, como la voz directa del pueblo en contraposición a los medios tradicionales, los influencers seguidos por miles de personas comenzaron a participar activamente en la vida política, ejerciendo su influencia en amplios sectores sociales, volviéndose incluso, en algunos casos, substitutos de los justamente cuestionados corporativos mediáticos.
Es innegable que algunos de estos influencers o canales virtuales hacen verdadero honor al concepto de prensa libre, ejerciendo una labor informativa rigurosa, valiente y crítica, comprometida con el interés popular (más allá de la hipócrita “objetividad” que sólo servía a la clase dominante). Pero a la par de esta minoría, surgieron también nuevos “soldados del presidente/a” –versión guinda 2.0–, un ejército de mercenarios informativos reeditados para defender a ultranza a la 4T a través de las redes sociales.
Estos paladines informativos se dicen críticos, pero no tocan al gobierno ni con el pétalo de una rosa. Se dicen de izquierda, pero atacan rabiosamente, por igual, a la CNTE, al EZLN o a cualquier movimiento social que se muestre contrario al régimen. Se dicen voceros populares pero no pluralizan, sólo dan voz a la élite morenista. Se dicen periodistas pero no investigan, no hay rigurosidad técnica, sólo son repetidores de la información oficial. Se dicen libres, pero son leales subordinados del régimen.
Canales como “Campechaneando”, “el Chapucero”, “Quesadilla de Verdades”, “Charro Político”, “Meme Yamel”, Hans Salazar o Manuel Pedrero, entre otros tantos, han encontrado un atractivo nicho de mercado que ha llenado sus cuentas bancarias –y, en más de un caso, los ha impulsado a puestos públicos– a partir de encabezados sensacionalistas, repetir consignas oficiales y hacer análisis simplistas, carentes del menor rigor teórico o ideológico. La misma fórmula que la derecha mediática de siempre, pero ahora desde las “benditas redes sociales” y con camuflaje de izquierda.
Esta oleada de influencers acríticos incluso han socavado un vanguardista espacio democrático de rendición de cuentas y debate político: las conferencias de prensa matutinas del gobierno federal, implementadas desde el sexenio anterior. Lo que debería ser un excepcional ejercicio de información y análisis, queda constantemente entorpecido ante una vorágine de preguntas a modo, seguidas de comentarios serviles o triviales emitidos por estos nuevos voceros mimados desde el poder.
Los tiempos cambian, las formas de hacer periodismo también; pero el ansia de adular al gobierno, no; esa es la misma de siempre. Los medios comerciales mienten por sus intereses económicos y políticos; los influencers 4T también, exactamente por las mismas razones. Son dos caras de la misma moneda. Esperemos que los nuevos lineamientos en materia de derechos de las audiencias que buscan supuestamente poner un alto a los embaucadores mediáticos, también incluyan en sus rigurosos estándares a esta nueva camada de influencers que no son de izquierda, mucho menos periodistas, sino sólo mercenarios al servicio del gobierno.
Y al margen de esta podredumbre mediática que apesta a viejo y a nuevo viejo, sólo resta brindar un merecido homenaje a ese pequeño sector de medios de información alternativos dignos, independientes y libres, de verdad libres. Para ellos todo nuestro reconocimiento y solidaridad por su vital trabajo. ¡Gracias por arriesgarse e incomodar al poder político y económico para mantener al pueblo realmente informado!
Autor: Juan Croniqueur
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